En los calurosos días de principios de año nació Julia. Nos dimos cuenta por los alaridos de bebota recién nacida (no digan que no somos rápidos para conclusiones!). Criatura hermosa, regordeta, simpaticona. Es nuestra vecinita de arriba. Yo me atropello para verla cada vez que puedo, a la subida o bajada del ascensor, en el ingreso al edificio, etc.
Desgraciadamente, nos tocaron vecinos modernos, y lo que es peor para Julia, “padres modernos”. De esos que compraron el libro “Duermete niño” y que lo piensan seguir a rajatabla. Entonces, a las cinco de la madrugada se escucha llorar, primero tímidamente y al tiempo con una intempestiva vitalidad. Llorar, llorar, llorar. Con el Oso intentamos no perder el sueño, nos acurrucamos, nos metemos bajo las mantas, nos tapamos con almohadas, pero el llanto, implacable, nos encuentra.
Escuchamos pasos arriba, seguramente van a verla a la habitación y le dicen que están ahí, pero que no la van a levantar y que tiene que dormir solita (típico del autor del libro que debe vivir en una mansión con quince niñeras). Nosotros seguimos escuchándola llorar. Nos quedamos adormecidos pensando en Julia y sus padres, en la psicología moderna, en que vamos a ir pateándonos las ojeras al laburo, “porque el bebé lloró toda la noche” aunque no es nuestro, y en mi vieja, que dice que si un bebé llora hay que alzarlo (es la única imagen que recuerda mi vieja cuando la enganché para ver Pink Floyd The Wall en el cine, que la madre no lo alzaba cuando el bebé lloraba en el moisés!).
Ergo, ahora nos preocupamos la madrugada que no llora, y hasta pensamos si se habrán ido de viaje o habrán cambiado de habitación… hasta que el quejumbroso sonido conocido aparece y ahí el Oso dice… “ya está, largó Julita” y nos quedamos dormidos.
Por favor, prohíban la tirada de ese libro!
Hasta que edad lloran los bebés?
No pensarán en traerle un hermanito, no?
